EL ANTINJUDAISMO ESPAÑOL PROPIO, TRADICIONAL (y también el espontáneo, sobre todo el inducido de la experiencia propia e inmediata), RACISMO NO NECESARIAMENTE SIEMPRE POR IDEOLOGÍA APRIORÍSTICA TRADICIONALISTA, NI EXCEDIENDO LA REPUGNANCIA, o sea, sin odio indispensable. Recensiones de Juán de Goytisolo.

DOMINGOCRÍTICA:LECTURA »

El antijudaísmo español

JUAN GOYTISOLO20 OCT 2002‘El antisemitismo en España. La imagen del judío (1812-2002)’, de Gonzalo Álvarez Chillida, editado por Marcial Pons, se pondrá a la venta mañana. Álvarez Chillida (San Sebastián, 1958) es historiador y autor de diversos estudios sobre la España contemporánea, entre los que destacan dos libros sobre la figura de José María Pemán. En estas páginas se reproduce el prólogo que ha escrito Juan Goytisolo para el libro

Por una feliz coincidencia, dos libros complementarios e igualmente indispensables al conocimiento de la historia política, social e intelectual española de los dos últimos siglos llevan la fecha de nuestro capicúa, el año segundo del tercer milenio: me refiero a La imagen del magrebí en España, de Eloy Martín Corrales (editorial Bellaterra, Barcelona), cuya lectura recomendé en un artículo de Opinión de EL PAÍS (Moros en la costa, 21 de julio de 2002), y El antisemitismo en España. La imagen del judío (1812-2002) (editorial Marcial Pons, Madrid), objeto de esta introducción.

Como vamos a ver, si la maurofobia e islamofobia forman parte, de forma muy visible, del lenguaje de la extrema derecha integrada en el actual partido del Gobierno e incluso del de un vasto sector de la derecha conservadora y católica que vota por él (por no hablar ahora de ciertos demócratas, adeptos de las ‘valientes’ tesis del profesor Sartori sobre los ‘desechos’ o ‘material zafio’ que nos llegan del Magreb y el África subsahariana), el antisemitismo permanece desde hace tres décadas en un estado latente y no aflora sino esporádicamente a la superficie del discurso políticamente correcto de la España surgida de la transición. Pero se trata de una apariencia engañosa, pues el prejuicio secular no se ha desvanecido, y se manifiesta, por ejemplo, en el campo de la historiografía y muy especialmente en el de la historia literaria. La resistencia soterrada, pero tenaz, a admitir la importancia del problema de la limpieza de sangre para nuestros grandes autores de los siglos XV, XVI y XVII trasluce la resistencia de muchos ensayistas ilustres a admitir el hecho probado y bien probado de que, como se decía antaño, una gran parte de aquéllos descendían de antepasados que ‘recibieron el bautismo de pie’. Contrariamente a lo que sostenía Eugenio Asensio, el asunto no es un mero ‘detalle’ (como tampoco lo es, toutes proportions gardées, el de los campos de exterminio nazis según Jean Marie Le Pen). Sin tener presente este hecho, la lectura de nuestros clásicos, de Juan de Mena a Fernando de Rojas, de fray Luis de León a san Juan de Ávila y santa Teresa, de Mateo Alemán a López de Úbeda, de Góngora a Cervantes (escamoteando púdicamente el origen de sus famosos ‘duelos y quebrantos’), resulta desaborida, incompleta y, a fin de cuentas, falaz. Como advirtió con razón Menéndez Pelayo al ensalzar la ‘sana’ reacción del Santo Oficio a las desviaciones heréticas del siglo XVI, atribuidas de ordinario a los conversos, ‘la cuestión de raza explica muchos fenómenos y resuelve muchos enigmas de nuestra historia’.

En la segunda mitad del siglo XVII, el prejuicio castizo entra en una nueva fase: el antijudaísmo tradicional se mantiene en el lenguaje, refranes, leyendas, libros de piedad, ritos y fiestas populares, aunque España sea un país sin judíos y los descendientes de conversos procuren pasar inadvertidos y fundirse en el paisaje. Con todo, el odio castizo contra los hebreos, Menéndez Pelayo dixit, ‘no se amansó un punto’. La Inquisición no cejó en sus esfuerzos por desarraigar ‘la cizaña’ judaica, pero el número de procesos y autos de fe disminuyó paulatinamente: si aquélla conservaba su excelente disposición a quemar, no puede decirse lo mismo de los posibles candidatos a la quema. Los criptojudíos habían aprendido por experiencia el arte del disimulo: como dijo Orobio de Castro en los Países Bajos, defendiéndose de las acusaciones de hipocresía, ‘había fingido ser cristiano [en España] porque la vida es muy amable’.

Limpieza de sangre

La vigencia de los estatutos de limpieza de sangre hasta su abolición por José Bonaparte fue objeto de las críticas de algunos ilustrados: para tener acceso a los colegios universitarios, nos recuerda Blanco White, el aspirante debía probar su condición de cristiano viejo, limpio de toda mala raza y mancha: ‘La menor mezcla de sangre africana, india, mora o hebrea’, escribe en Cartas de España, ‘tiñe la totalidad de una familia hasta la generación más remota’. Dicha marginación continuó a lo largo del siglo XIX en diversas instituciones (Academia Militar, cabildos y órdenes religiosas) y se manifestó con particular virulencia, como veremos, respecto a la comunidad chueta mallorquina.

Como dice Gonzalo Álvarez Chillida: ‘El ‘tema judío’ y la imagen del judío no serán en la España contemporánea meros productos de importación, sino realidades vivas en la memoria de los españoles, presentes en las luchas ideológicas y políticas de estos dos siglos (XIX y XX). Hablar de judaísmo será hablar de la historia, de la fe y de la identidad de los españoles’.

Y en un esfuerzo esclarecedor, necesario para abarcar la magnitud y complejidad de la cuestión, subraya la distinción entre el antisemitismo de origen germánico, que se difundió por Europa en la segunda mitad del siglo XIX y llegó a la Península a través de la derecha francesa, y el antijudaísmo tradicional hispano: ‘El antisemitismo racista y el antijudaísmo religioso difieren profundamente en su definición de lo judío, y en los presupuestos ideológicos que subyacen a las dos concepciones del mundo, la racista y la cristiana. (…) Son dos las coordenadas del antisemitismo español contemporáneo. Por un lado, la repercusión del europeo, y por otro, la pervivencia del antijudaísmo tradicional, manifiesta en la imagen popular del judío (lenguaje, leyendas, fiestas) y en la predicación católica contra los ‘pérfidos judíos’ y su crimen de deicidio. (…) El tema judío ha jugado así un papel importante en las luchas ideológicas españolas, mucho mayor de lo que hubiera sido lógico en un país sin judíos’.

El análisis de Álvarez Chillida de los enfrentamientos político religiosos desde las Cortes de Cádiz hasta la guerra civil de 1936-1939 no tiene desperdicio. La ‘teología política’ que arranca de aquéllas, denunciada con singular lucidez por Blanco White en las páginas de su publicación londinense, envenenará la confrontación entre liberales y nacional-católicos, con la continua denuncia por éstos de la conspiración masónica alimentada por el judaísmo. La desamortización por Mendizábal en 1836 de los bienes de la Iglesia y de las comunidades religiosas fue atribuida por la prensa conservadora y carlista a la codicia de los especuladores hebreos debido a los orígenes judíos del jefe del Gobierno, cuyo apellido original no era vascuence, sino el de un gaditano de linaje cristiano nuevo. Con la campaña de Tetuán y el reencuentro con las comunidades sefardíes de Marruecos, la imagen ya borrosa del judío rastrero, repugnante y abyecto reaparece, entre otros, en el Diario de Alarcón. La revolución de 1868 y el reconocimiento oficial de la libertad religiosa avivaron todavía esa creencia en la conspiración mundial judía que impregna las publicaciones eclesiásticas y de la derecha española, tanto en la prensa como en libros, homilías y panfletos divulgados durante casi un siglo.

El legado judeo-español

Junto a la reseña de la labor pionera de autores como José Amador de los Ríos y del voluble Adolfo de Castro respecto al legado judeo-español y al estudio de la incansable defensa por Ángel Pulido de las comunidades sefardíes de los Balcanes, el imperio otomano y Marruecos, Álvarez Chillida completa y matiza la visión de los judíos en la literatura española de Rafael Cansinos Assens. Si el desprecio de Alarcón por la comunidad judía de Tetuán (‘pueblo que no es pueblo, raza parásita, grey desheredada y maldita’) y el expresado por Bécquer en La rosa de la pasión, incluida en las Leyendas, me eran conocidos, nuestro autor examina otros que habían escapado a mi atención: los clichés antijudíos (avaricia, malignidad) aparecen tanto en la novela de Larra, El doncel de don Enrique el Doliente, como, en menor grado, en la de Espronceda, Sancho Saldaña. Las páginas dedicadas a Emilia Pardo Bazán -autora de novelas como Una cristiana y La prueba, en las que el horror instintivo de la protagonista a la ‘raza deicida’ encarnada por su marido muestra la incompatibilidad de ésta con la que la escritora gallega denomina ‘ariana’- y a Blasco Ibáñez -cuyos artículos juveniles y novelas posteriores prueban, como dice Álvarez Chillida, el curioso maridaje entre filosemitismo político y mentalidad antijudía- son asimismo agudas y estimulantes. Pero la lista de autores que profesan una aversión invencible a unos judíos que desconocen no se detiene ahí.

Los dicterios de la prensa nacional-católica y de los demonizadores profesionales del liberalismo contra la conspiración judía en su doble vertiente capitalista y revolucionaria me sugieren una serie de conjunciones y disyunciones entre aquéllos y los dirigidos al moro resucitado desde la ‘cruzada’ de O’Donnell. Mientras el último, conforme a la vieja tradición de la literatura eclesiástica que allanó el camino a la expulsión de los moriscos, aparece en ellos tangible, animalizado, brutal y caricaturalmente simiesco -el libro de Eloy Martín Corrales contiene una abrumadora documentación gráfica y escrita sobre el tema-, el judío, de Balmes a Manterola y de Vázquez de Mella a González Ruano, nos es descrito como un elemento foráneo, infeccioso, cuya índole evoluciona de acuerdo con los conocimientos médicos de la época: a los ya clásicos insultos de lepra y sanguijuela vemos agregarse los de ‘cáncer’, ‘virus ponzoñoso’, ‘bacilo impalpable’, esto es, los de una amenaza invisible y mortal al organismo sano de la nación, microbio o gen que habrá que eliminar para la supervivencia de ésta.

Igualmente aguijadores son los capítulos referentes a la cuestión judía en el campo de los nacionalismos periféricos. Francisco Navarro Villoslada, autor de Amaya o los vascos del siglo VIII, novela que figuraba en la biblioteca de la rama paterna de mi familia y que devoré en mi adolescencia, tiene el dudoso mérito de ser uno de los primeros cantores del mito de la pureza racial de los vascos. En su obra Ante Cristoarremete contra la figura de un banquero judío y el pensamiento ‘siniestro y destructor’ de sus congéneres. Más radical aún, el pensador integrista y ultranacionalista Sabino Arana sostiene que ‘las razas árabe y hebrea habíanse entrelazado con la española (…) inoculándole el virus anticristiano’ y, como observa Juan Aranzadi en su espléndido ensayo El escudo de Arquíloco, ‘esa doble imagen del judío y del moro mitificados suministra el subsuelo sobre el que construye la figura del maketo’.

En el ámbito catalán, el sentimiento antijudío fue menos visceral, y junto a los panfletos y juicios negativos de un Rovira i Virgili o un ensayista de ordinario lúcido como Gaziel, hallamos el filosemitismo anticastizo de grandes figuras literarias como Josep Pla y Salvador Espriu. Mención aparte merece el caso del gallego Vicente Risco, con su división racial de la Península en Euroiberia y Afroiberia, y encendida defensa del nazismo como ‘reacción vital de la nación alemana’. Sus ataques al ‘internacionalismo cosmopolita’ y fuerza disgregadora de su mezcla con lo cristiano se ajustan como vitola al habano a las invectivas de Vázquez de Mella, Giménez Caballero, Agustín de Foxá, el agente doble Juan Pujol (autor de nauseabundos insultos contra la diputada socialista Margarita Nelken) y otros ideólogos y paniaguados al servicio de la ‘Cruzada’ de Franco.

El repaso de Álvarez Chillida a las cabezas visibles del antisemitismo en nuestra posguerra me ha devuelto a la memoria algunos nombres sepultados en ella de autores y obras que formaron parte de mis primeras lecturas: el del padre Tusquets -firme valedor de la autenticidad de Los Protocolos de los Sabios de Sión– y el del policía Mauricio Carlavilla, que, con el seudónimo de Mauricio Karl, amalgamaba en una misma masa tentacular y perversa a bolcheviques, masones y judíos, unidos todos en su sombrío propósito de destruir el catolicismo y ‘chupar como vampiros sedientos… la sangre de España’.

Sin demorarme ahora en las páginas sobre el antisemitismo de Pío Baroja o de Benavente y en los escritos demagógicos de los Maeztu, Pemán, Eugenio Montes o César González Ruano, cuya lectura actual haría sonrojar incluso a algunos votantes de Le Pen (¡’conjura de las razas turbias contra la nobleza gótica’!), me referiré para terminar a las vicisitudes de la comunidad chueta mallorquina descendiente de conversos.

Pese a haber sufrido durante siglos el acoso de la Inquisición y luego de la tiranía de la opinión pública alentada por el clero de la isla, el núcleo duro de la misma, el de los ‘quince apellidos’ de la calle de la Platería -estudiado por vez primera por Miquel Forteza y G. Cortés en su obra Reconciliados y relajadosInquisición en Mallorca (1488-1691)-, logró preservar su cohesión interna gracias a una endogamia casi sin grietas. Las medidas discriminatorias contra ella -que la convertían en un colectivo paria tan mal visto como el de los gitanos- se prolongaron hasta la década de los sesenta del pasado siglo, especialmente en algunos colegios religiosos y el cabildo catedralicio. Recuerdo muy bien mi sorpresa, por no decir estupor, cuando en 1948, año de mi ingreso en la Universidad de Barcelona, uno de mis condiscípulos, con quien simpaticé inmediatamente en razón de nuestro común agnosticismo y pasión literaria, me dijo con naturalidad, sin tinte de provocación alguna, que era judío: se apellidaba Cortés y su padre procedía de los chuetas de la calle de la Platería. No le pregunté si tenía rabo, como creían muchos cristianos viejos en las zonas rurales de la Península hasta hace menos de un siglo, pero me admiró, eso sí, nuestra insospechada similitud intelectual y moral. El fantasma judío de mis lecturas caseras se desvaneció al punto. No sabía aún que años después viviría durante cuatro décadas con la escritora francesa Monique Lange y que el círculo de mis amistades más íntimas se compondría mayoritariamente desde entonces de personas de origen musulmán y judío. ¡Ignoro todavía a estas alturas de mi vida si ello constituye un rasgo antiespañol propio de un expatriado voluntario como yo, o, al contrario, soterradamente español, conforme a la lectura de Américo Castro!

Islamofobia y antisionismo

En unos tiempos en que tras el ataque terrorista del 11-S y la política del actual Gobierno israelí en los territorios ocupados en la guerra de los Seis Días avivan a un tiempo la islamofobia y arabofobia en las sociedades occidentales y un antisionismo que deriva a veces hacia un antisemitismo más o menos explícito, debemos extremar nuestro cuidado para no confundir los términos de musulmán, islamista y terrorista ni achacar al judío el odioso apartheid impuesto por Sharon al pueblo palestino. El libro de Gonzalo Álvarez Chillida, como el de Eloy Martín Corrales, contribuyen de forma eficaz a la necesaria tarea de barrer prejuicios y evitar confusiones y equívocos de consecuencias eventualmente mortales.

Por una feliz coincidencia, dos libros complementarios e igualmente indispensables al conocimiento de la historia política, social e intelectual española de los dos últimos siglos llevan la fecha de nuestro capicúa, el año segundo del tercer milenio: me refiero a La imagen del magrebí en España, de Eloy Martín Corrales (editorial Bellaterra, Barcelona), cuya lectura recomendé en un artículo de Opinión de EL PAÍS (Moros en la costa, 21 de julio de 2002), y El antisemitismo en España. La imagen del judío (1812-2002) (editorial Marcial Pons, Madrid), objeto de esta introducción.

Como vamos a ver, si la maurofobia e islamofobia forman parte, de forma muy visible, del lenguaje de la extrema derecha integrada en el actual partido del Gobierno e incluso del de un vasto sector de la derecha conservadora y católica que vota por él (por no hablar ahora de ciertos demócratas, adeptos de las ‘valientes’ tesis del profesor Sartori sobre los ‘desechos’ o ‘material zafio’ que nos llegan del Magreb y el África subsahariana), el antisemitismo permanece desde hace tres décadas en un estado latente y no aflora sino esporádicamente a la superficie del discurso políticamente correcto de la España surgida de la transición. Pero se trata de una apariencia engañosa, pues el prejuicio secular no se ha desvanecido, y se manifiesta, por ejemplo, en el campo de la historiografía y muy especialmente en el de la historia literaria. La resistencia soterrada, pero tenaz, a admitir la importancia del problema de la limpieza de sangre para nuestros grandes autores de los siglos XV, XVI y XVII trasluce la resistencia de muchos ensayistas ilustres a admitir el hecho probado y bien probado de que, como se decía antaño, una gran parte de aquéllos descendían de antepasados que ‘recibieron el bautismo de pie’. Contrariamente a lo que sostenía Eugenio Asensio, el asunto no es un mero ‘detalle’ (como tampoco lo es, toutes proportions gardées, el de los campos de exterminio nazis según Jean Marie Le Pen). Sin tener presente este hecho, la lectura de nuestros clásicos, de Juan de Mena a Fernando de Rojas, de fray Luis de León a san Juan de Ávila y santa Teresa, de Mateo Alemán a López de Úbeda, de Góngora a Cervantes (escamoteando púdicamente el origen de sus famosos ‘duelos y quebrantos’), resulta desaborida, incompleta y, a fin de cuentas, falaz. Como advirtió con razón Menéndez Pelayo al ensalzar la ‘sana’ reacción del Santo Oficio a las desviaciones heréticas del siglo XVI, atribuidas de ordinario a los conversos, ‘la cuestión de raza explica muchos fenómenos y resuelve muchos enigmas de nuestra historia’.

En la segunda mitad del siglo XVII, el prejuicio castizo entra en una nueva fase: el antijudaísmo tradicional se mantiene en el lenguaje, refranes, leyendas, libros de piedad, ritos y fiestas populares, aunque España sea un país sin judíos y los descendientes de conversos procuren pasar inadvertidos y fundirse en el paisaje. Con todo, el odio castizo contra los hebreos, Menéndez Pelayo dixit, ‘no se amansó un punto’. La Inquisición no cejó en sus esfuerzos por desarraigar ‘la cizaña’ judaica, pero el número de procesos y autos de fe disminuyó paulatinamente: si aquélla conservaba su excelente disposición a quemar, no puede decirse lo mismo de los posibles candidatos a la quema. Los criptojudíos habían aprendido por experiencia el arte del disimulo: como dijo Orobio de Castro en los Países Bajos, defendiéndose de las acusaciones de hipocresía, ‘había fingido ser cristiano [en España] porque la vida es muy amable’.

Limpieza de sangre

La vigencia de los estatutos de limpieza de sangre hasta su abolición por José Bonaparte fue objeto de las críticas de algunos ilustrados: para tener acceso a los colegios universitarios, nos recuerda Blanco White, el aspirante debía probar su condición de cristiano viejo, limpio de toda mala raza y mancha: ‘La menor mezcla de sangre africana, india, mora o hebrea’, escribe en Cartas de España, ‘tiñe la totalidad de una familia hasta la generación más remota’. Dicha marginación continuó a lo largo del siglo XIX en diversas instituciones (Academia Militar, cabildos y órdenes religiosas) y se manifestó con particular virulencia, como veremos, respecto a la comunidad chueta mallorquina.

Como dice Gonzalo Álvarez Chillida: ‘El ‘tema judío’ y la imagen del judío no serán en la España contemporánea meros productos de importación, sino realidades vivas en la memoria de los españoles, presentes en las luchas ideológicas y políticas de estos dos siglos (XIX y XX). Hablar de judaísmo será hablar de la historia, de la fe y de la identidad de los españoles’.

Y en un esfuerzo esclarecedor, necesario para abarcar la magnitud y complejidad de la cuestión, subraya la distinción entre el antisemitismo de origen germánico, que se difundió por Europa en la segunda mitad del siglo XIX y llegó a la Península a través de la derecha francesa, y el antijudaísmo tradicional hispano: ‘El antisemitismo racista y el antijudaísmo religioso difieren profundamente en su definición de lo judío, y en los presupuestos ideológicos que subyacen a las dos concepciones del mundo, la racista y la cristiana. (…) Son dos las coordenadas del antisemitismo español contemporáneo. Por un lado, la repercusión del europeo, y por otro, la pervivencia del antijudaísmo tradicional, manifiesta en la imagen popular del judío (lenguaje, leyendas, fiestas) y en la predicación católica contra los ‘pérfidos judíos’ y su crimen de deicidio. (…) El tema judío ha jugado así un papel importante en las luchas ideológicas españolas, mucho mayor de lo que hubiera sido lógico en un país sin judíos’.

El análisis de Álvarez Chillida de los enfrentamientos político religiosos desde las Cortes de Cádiz hasta la guerra civil de 1936-1939 no tiene desperdicio. La ‘teología política’ que arranca de aquéllas, denunciada con singular lucidez por Blanco White en las páginas de su publicación londinense, envenenará la confrontación entre liberales y nacional-católicos, con la continua denuncia por éstos de la conspiración masónica alimentada por el judaísmo. La desamortización por Mendizábal en 1836 de los bienes de la Iglesia y de las comunidades religiosas fue atribuida por la prensa conservadora y carlista a la codicia de los especuladores hebreos debido a los orígenes judíos del jefe del Gobierno, cuyo apellido original no era vascuence, sino el de un gaditano de linaje cristiano nuevo. Con la campaña de Tetuán y el reencuentro con las comunidades sefardíes de Marruecos, la imagen ya borrosa del judío rastrero, repugnante y abyecto reaparece, entre otros, en el Diario de Alarcón. La revolución de 1868 y el reconocimiento oficial de la libertad religiosa avivaron todavía esa creencia en la conspiración mundial judía que impregna las publicaciones eclesiásticas y de la derecha española, tanto en la prensa como en libros, homilías y panfletos divulgados durante casi un siglo.

El legado judeo-español

Junto a la reseña de la labor pionera de autores como José Amador de los Ríos y del voluble Adolfo de Castro respecto al legado judeo-español y al estudio de la incansable defensa por Ángel Pulido de las comunidades sefardíes de los Balcanes, el imperio otomano y Marruecos, Álvarez Chillida completa y matiza la visión de los judíos en la literatura española de Rafael Cansinos Assens. Si el desprecio de Alarcón por la comunidad judía de Tetuán (‘pueblo que no es pueblo, raza parásita, grey desheredada y maldita’) y el expresado por Bécquer en La rosa de la pasión, incluida en las Leyendas, me eran conocidos, nuestro autor examina otros que habían escapado a mi atención: los clichés antijudíos (avaricia, malignidad) aparecen tanto en la novela de Larra, El doncel de don Enrique el Doliente, como, en menor grado, en la de Espronceda, Sancho Saldaña. Las páginas dedicadas a Emilia Pardo Bazán -autora de novelas como Una cristiana y La prueba, en las que el horror instintivo de la protagonista a la ‘raza deicida’ encarnada por su marido muestra la incompatibilidad de ésta con la que la escritora gallega denomina ‘ariana’- y a Blasco Ibáñez -cuyos artículos juveniles y novelas posteriores prueban, como dice Álvarez Chillida, el curioso maridaje entre filosemitismo político y mentalidad antijudía- son asimismo agudas y estimulantes. Pero la lista de autores que profesan una aversión invencible a unos judíos que desconocen no se detiene ahí.

Los dicterios de la prensa nacional-católica y de los demonizadores profesionales del liberalismo contra la conspiración judía en su doble vertiente capitalista y revolucionaria me sugieren una serie de conjunciones y disyunciones entre aquéllos y los dirigidos al moro resucitado desde la ‘cruzada’ de O’Donnell. Mientras el último, conforme a la vieja tradición de la literatura eclesiástica que allanó el camino a la expulsión de los moriscos, aparece en ellos tangible, animalizado, brutal y caricaturalmente simiesco -el libro de Eloy Martín Corrales contiene una abrumadora documentación gráfica y escrita sobre el tema-, el judío, de Balmes a Manterola y de Vázquez de Mella a González Ruano, nos es descrito como un elemento foráneo, infeccioso, cuya índole evoluciona de acuerdo con los conocimientos médicos de la época: a los ya clásicos insultos de lepra y sanguijuela vemos agregarse los de ‘cáncer’, ‘virus ponzoñoso’, ‘bacilo impalpable’, esto es, los de una amenaza invisible y mortal al organismo sano de la nación, microbio o gen que habrá que eliminar para la supervivencia de ésta.

Igualmente aguijadores son los capítulos referentes a la cuestión judía en el campo de los nacionalismos periféricos. Francisco Navarro Villoslada, autor de Amaya o los vascos del siglo VIII, novela que figuraba en la biblioteca de la rama paterna de mi familia y que devoré en mi adolescencia, tiene el dudoso mérito de ser uno de los primeros cantores del mito de la pureza racial de los vascos. En su obra Ante Cristoarremete contra la figura de un banquero judío y el pensamiento ‘siniestro y destructor’ de sus congéneres. Más radical aún, el pensador integrista y ultranacionalista Sabino Arana sostiene que ‘las razas árabe y hebrea habíanse entrelazado con la española (…) inoculándole el virus anticristiano’ y, como observa Juan Aranzadi en su espléndido ensayo El escudo de Arquíloco, ‘esa doble imagen del judío y del moro mitificados suministra el subsuelo sobre el que construye la figura del maketo’.

En el ámbito catalán, el sentimiento antijudío fue menos visceral, y junto a los panfletos y juicios negativos de un Rovira i Virgili o un ensayista de ordinario lúcido como Gaziel, hallamos el filosemitismo anticastizo de grandes figuras literarias como Josep Pla y Salvador Espriu. Mención aparte merece el caso del gallego Vicente Risco, con su división racial de la Península en Euroiberia y Afroiberia, y encendida defensa del nazismo como ‘reacción vital de la nación alemana’. Sus ataques al ‘internacionalismo cosmopolita’ y fuerza disgregadora de su mezcla con lo cristiano se ajustan como vitola al habano a las invectivas de Vázquez de Mella, Giménez Caballero, Agustín de Foxá, el agente doble Juan Pujol (autor de nauseabundos insultos contra la diputada socialista Margarita Nelken) y otros ideólogos y paniaguados al servicio de la ‘Cruzada’ de Franco.

El repaso de Álvarez Chillida a las cabezas visibles del antisemitismo en nuestra posguerra me ha devuelto a la memoria algunos nombres sepultados en ella de autores y obras que formaron parte de mis primeras lecturas: el del padre Tusquets -firme valedor de la autenticidad de Los Protocolos de los Sabios de Sión– y el del policía Mauricio Carlavilla, que, con el seudónimo de Mauricio Karl, amalgamaba en una misma masa tentacular y perversa a bolcheviques, masones y judíos, unidos todos en su sombrío propósito de destruir el catolicismo y ‘chupar como vampiros sedientos… la sangre de España’.

Sin demorarme ahora en las páginas sobre el antisemitismo de Pío Baroja o de Benavente y en los escritos demagógicos de los Maeztu, Pemán, Eugenio Montes o César González Ruano, cuya lectura actual haría sonrojar incluso a algunos votantes de Le Pen (¡’conjura de las razas turbias contra la nobleza gótica’!), me referiré para terminar a las vicisitudes de la comunidad chueta mallorquina descendiente de conversos.

Pese a haber sufrido durante siglos el acoso de la Inquisición y luego de la tiranía de la opinión pública alentada por el clero de la isla, el núcleo duro de la misma, el de los ‘quince apellidos’ de la calle de la Platería -estudiado por vez primera por Miquel Forteza y G. Cortés en su obra Reconciliados y relajadosInquisición en Mallorca (1488-1691)-, logró preservar su cohesión interna gracias a una endogamia casi sin grietas. Las medidas discriminatorias contra ella -que la convertían en un colectivo paria tan mal visto como el de los gitanos- se prolongaron hasta la década de los sesenta del pasado siglo, especialmente en algunos colegios religiosos y el cabildo catedralicio. Recuerdo muy bien mi sorpresa, por no decir estupor, cuando en 1948, año de mi ingreso en la Universidad de Barcelona, uno de mis condiscípulos, con quien simpaticé inmediatamente en razón de nuestro común agnosticismo y pasión literaria, me dijo con naturalidad, sin tinte de provocación alguna, que era judío: se apellidaba Cortés y su padre procedía de los chuetas de la calle de la Platería. No le pregunté si tenía rabo, como creían muchos cristianos viejos en las zonas rurales de la Península hasta hace menos de un siglo, pero me admiró, eso sí, nuestra insospechada similitud intelectual y moral. El fantasma judío de mis lecturas caseras se desvaneció al punto. No sabía aún que años después viviría durante cuatro décadas con la escritora francesa Monique Lange y que el círculo de mis amistades más íntimas se compondría mayoritariamente desde entonces de personas de origen musulmán y judío. ¡Ignoro todavía a estas alturas de mi vida si ello constituye un rasgo antiespañol propio de un expatriado voluntario como yo, o, al contrario, soterradamente español, conforme a la lectura de Américo Castro!

Islamofobia y antisionismo

En unos tiempos en que tras el ataque terrorista del 11-S y la política del actual Gobierno israelí en los territorios ocupados en la guerra de los Seis Días avivan a un tiempo la islamofobia y arabofobia en las sociedades occidentales y un antisionismo que deriva a veces hacia un antisemitismo más o menos explícito, debemos extremar nuestro cuidado para no confundir los términos de musulmán, islamista y terrorista ni achacar al judío el odioso apartheid impuesto por Sharon al pueblo palestino. El libro de Gonzalo Álvarez Chillida, como el de Eloy Martín Corrales, contribuyen de forma eficaz a la necesaria tarea de barrer prejuicios y evitar confusiones y equívocos de consecuencias eventualmente mortales.

El antisemitismo en España. La imagen del judío (1812-2002)

Gonzalo Álvarez Chillida. Editado por Marcial Pons, 2002. Prólogo de Juan Goytisolo.

El libro de Álvarez Chillida contribuye de forma eficaz a la necesaria tarea de barrer prejuicios y evitar confusiones y equívocos de consecuencias eventualmente mortales

Como dijo Orobio de Castro en los Países Bajos, defendiéndose de las acusaciones de hipocresía, ‘había fingido ser cristiano

La vigencia de los estatutos de limpieza de sangre hasta su abolición por José Bonaparte fue objeto de las críticas de algunos ilustrados: para tener acceso a los colegios universitarios, el aspirante debía probar su condición de cristiano viejo

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MÁS INFORMACIÓN:

  • TRES DÉCADAS EN ESTADO LATENTE
  • Prólogo de Juan Goytisolo.

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Acerca de ricardodeperea

Nacido en Sevilla, en el segundo piso de la casa nº 8 (después 18) de calle Redes de Sevilla, el 21 de Septiembre de 1957. Primogénito del Señor Don Ricardo de Perea y López, tenor dramático de ópera (que estuvo a punto de hacer la carrera en Milán), y pintor artístico; y de la Señora Doña Armonía y Josefina González y Valdayo, modista y sastre ( para hombre y mujer), mas principalmente pintora artística de muy temprana (desde niña) y entusiata vocación. Desafortunadamente la infortunada mujer dedicóse tan abnegadamente a su familia y hogar, que poco pudo pintar, pero el Arte, el retrato de seres humanos, el dibujo y pintura artísticos realistas y clásicos fueron su ardiente pasión hasta la muerte, que la sorprendió delante de un óleo de su Santo favorito, San Antonio de Padua, pintura de Escuela barroca sevillana, y al lado de una copia, hecha por mi amado padre, de la Piedad de Crespi. Habiéndose encomendado diariamente a nuestro Dios y Señor Jesucristo durante mrses, con su creada jaculatoria de "¡Ay mi Cristo, no me abandones", y con un Cricifijo al slcance de su vista, colocado, oor su voluntad, constantenenre delante de su lecho, fué recogido su espíritu por Nuestro Dios y Señor, en litúrgico de San José, su patrón, al que veneraba muy especialmente. Su amadísimo y amantísimo primogénito, a quien ha dejado en un mar de lágrimas, fue seminarista en Roma, de la Archidiócesis de Sevilla desde 1977-1982, por credenciales canónicas de Su Eminencia Rvmª. Mons. Dr. Don José María Bueno y Monreal, a la sazón Cardenal, Obispo Residencial Arzobispo Hispalense. Alumno de la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino en Roma, 1977-1982, 1984, por encomienda del mismo Cardenal Arzobispo. Bachiller en Sagrada Teología por dicha Universidad (Magna cum Laude), donde hizo todos los cursos de Licenciatura y Doctorado en Filosofía (S.cum Laude), y parte del ciclo de licenciatura en Derecho Canónico (incluido Derecho Penal Eclesiástico)(S. cum laude). Ordenado de Menores por el Obispo Diocesano de Siena, con dimisorias del Obispo Diocesano Conquense, Su Exciª.Rvmª. Mons. Dr. en Sagrada Teología, Don José Guerra y Campos. Incardinado en la Diócesis de Cuenca (España) en cuanto ordenado "in sacris", Diácono, por este verdaderamente excelentísimo y reverendísimo Prelado, de feliz Memoria, el 20 de Marzo de 1982. Delegado para España, de S.E.R. Mons. Pavol Hnilica,S.J., como Superior General de la Obra Pía "Pro Fratribus". Ordenado Presbítero, por dimisorias del mismo sapientísimo, piadoso e insigne Doctor y Obispo católico Diocesano conquense, el 8 de Enero de 1984 en la Catedral de Jerez de la Frontera (Cádiz), por Su Exciª. Rvmª. Mons. D. Rafael Bellido y Caro. Capellán Castrense del Ejército del Aire, por Oposición ganada, asimilado a Teniente, y nº 1 de su promoción, en 1985. Fue alumno militarizado en todo, en la Academia General del Aire de San Javier (Murcia), de la XVIII° Promoción de Oficiales de Ejército del Aire. Destinado al Ala nº 35 de Getafe, y después a la 37 de Villanubla (Valladolid). Luego de un año le fue impuesta la baja del Cuerpo, pero no del Ejército del Aire, como también recibió la misma baja el nº 2 de la promoción, el Rvd°. Padre Teófilo, a causa de encubiertas intrigas políticas pesoistas [ocupó pués, así, la primera plaza el nº 3, primo del entonces presidente de la Junta de Andalucía, un Rodríguez de la Borbolla] en connivencia con el pesoista Vicario Gral. Castrense, Mons. Estepa Llaurens, hijo de un expresidiario marxista, muerto a tiros, en plena calle, por un falangista, delante de dicho hijo, según contaba el finalmente Coronel del Cuerpo Castrense del Ejército de Tierra, Rvdo.Padre Lic. Blanco Yenes, penado una vez y así postergado por dicho obispo, futuro cardenal con residencia en Roma, Prefecto, durante un tiempo, de la Congregación para el Clero. Al Padre Blanco, según contó al Padre de Perea, Estepa lo penó achacándole un romance carnal con la esposa del Capitán General de la Segunda Región Militar de España. El Presbítero que esto redacta fue luego adscrito al Mando Aéreo de Combate de Torrejón de Ardoz. Párroco Personal de la Misión Católica Española en Suiza, de Frauenfeld, Pfin, Weinfelden, Schafhausen, ... , y substituto permanente en Stein am Rhein (Alemania) . Provisor Parroquial de Flims y Trin (cantón Grisones), en 1989-90; Provisor Parroquial (substituto temporal del titular) en Dachau Mittendorf y Günding (Baviera), etc.. Diplomado en alemán por el Goethe Institut de Madrid y el de Bonn (mientras se hospedaba en la Volkshochschule Kreuzberg de esa ciudad renana, natal del insuperable Beethoven, cuya casa visitó con profundo deleite) . Escolástico e investigador privado en Humanidades, defensor crítico del Magisterio Solemne Tradicional de la Iglesia Católica y fundamentalmente tomista, escribe con libertad de pensamiento e indagación, cultivador ardiente de la dialéctica, mayéutica de la Ciencia. Su lema literario es el de San Agustín: "In fide unitas, in dubiis libertas et in omnibus Charitas". Ora en Ontología, ora en Filosofía del Derecho y en Derecho Político admira principalmente a los siguientes Grandes: Alejandro Magno (más que un libro: un modelo para Tratados) discípulo de Aristóteles; éste es el primer filósofo absoluto y a la vez científico universal habido en la Humanidad, y es el mayor Maestro del Sacerdote en cuestión; Aristóteles, denominado por los Escolásticos, justamente: "El Filósofo", que lo es por antonomasia; siguen Platón, San Isidoro de Sevilla, Santo Tomás de Aquino (O.P.), San Juán de Ssnto Tomás, Billuart, más sún los Supremos colosalísimos Teólogos Carmelitas conocidos como "Los Salmanticenses", los dominicos Fray Domingo Báñez, el Ferrariense, Fray Domingo de Soto, Goudin, Vitoria, muy especialmente Fray Norberto del Prado y el inconmensurable Fray Santiago Ramírez, O.P. , los Eminentísimos, sapientísimos y Reverendísimos Cardenales dominicos Tommaso De Vio (de sobrenombre "Cayetano"), Zigliara, y González (Arzobispo de Toledo, Primado de España, y luego Arzobispo de la entonces más extensa Archidiócesis hispalense) ; además su profunamente admirado Fray Cornelio Fabro, el M.Rvd°. Padre Doctor Don Jaime Balmes y Urpiá; Fray Magín Ferrer, los Ilustrísimos y distinguidísimos Señores Don Ramón Nocedal y Romea, Don Juán Vázquez de Mella, Don Enrique Gil Robles, Victor Pradera, Aparisi y Guijarro, el Excelentísimo Señor Marqués de Valdegamas Donoso Cortés, Los Condes De Maistre y De Gobineau, el R.P. Taparelli D'Azeglio, S.J.; S.E. el General León Degrelle, Coronel de las Waffen SS Wallonien, Fundador del Movimiento católico "Rex", el Almirante y Excmº. Sr. Don Luis Carrero Blanco (notable pensador antimasónico, "mártir" de la conspiración de clérigos modernistas, y afines, subversivos, de la judeoleninista ETA, y de la CIA del judío sionista perverso Henri Kissinger), S.E. el Sr. Secretario Político de S.M. Don Sixto (Don Rafael Grambra Ciudad, autor de, entre otros libros: "Qué es el Carlismo", y "Curso de Filosofía Elemental", libro de texto para el 6° Curso de Bachillerato, durante el Caudillaje), los Catedráticos Don Elías de Tejada y Spínola (con reservas) y el Doctor Usía Don Miguel Ayuso, entre otros grandes pensadores del "Clasicismo Natural" y "Tradicionalismo Católico"; Paracelso, el Barón de Evola, Hans F.K. Günther, Gottfried Feder, Walter Gross, el grandioso y maravillosa fuente de grandes y geniales inspiraciones Friedrich Nietsche, entre otros formidables pensadores; etc. . En Derecho Canónico admira especialmente al Consejero de la Suprema de la Santa Inquisición española, el M.R.P. Dr. Don Manuel González Téllez, así como al excelso Fray Juán Escobar del Corro, O.P., Inquisidor de Llerena; Por supuesto que no se trata de ser pedisecuo de todos y cada uno de ellos, no unánimes en un solo pensamiento ("...in dubiis libertas"). Se distancia intelectual, voluntaria, sentimental y anímicamente de todo aquel demagogo, se presente hipócriamente como "antipopulista" siendo "populista", o lo haga como antifascista, "centrista", moderado, equilibrado, progresista, moderno, creador y garante de prosperidad, o como lo que le dé la gana, el cuál - sometiéndose a la mentira sectaria, propagandística y tiránica, inspirada en cualquiera de las "Revoluciones" de espíritu judío (: la puritana cronwelliana (1648,) la judeomasónica washingtoniana (1775), la judeomasónica perpetrada en y contra la Iglesia Católica y Francia en 1789, y las enjudiadas leninista y anarquista) - ataque sectariamente o vilipendie a Tradicionalistas, franquistas, Falangistas, Fascistas, Nacionalsocialistas honestos, Rexistas, etc., o se posicione nuclearmente, a menudo con la mayor vileza inmisericorde, y a veces sacrílega, contra mis Camaradas clasicistas, ora supervivientes a la Gran Guerra Mundial y Cruzada Universal (1914-18 [1936-39 en España] y 1939-45), ora Caídos en combate o a resultas. Se sabe y siente parte de la camaradería histórica y básica común con los tradicionalismos europeistas vanguardistas de inspiración cristiana (al menos parcial), y con sus sujetos, aliados de armas contra la Revolución (jacobina, socialista, comunista, anarquista). También acepta el frente común con nietschanos y protestantes tolerantes, del siglo XX y XXI, en cuanto camaradas "de las mismas trincheras de la Gran Guerra", que continuamos sólo con las armas espirituales.
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